Capítulo 16. Timiminaloayan

El grupo avanzaba con cautela hacia el próximo desafío en el Mictlán. El Timiminaloayan, un sendero envuelto en la oscuridad más profunda, donde las saetas lanzadas desde las sombras eran el peligro más tangible. Las manos invisibles aguardaban, ansiosas por desafiar la valentía de aquellos que se aventuraban en este camino mortífero.

La entrada al Timiminaloayan estaba marcada por una puerta antigua, adornada con inscripciones que advertían sobre el peligro que se avecinaba. Juan, Natalia y Miguel intercambiaron miradas determinadas antes de atravesar el umbral.

Inmediatamente, la oscuridad los envolvió, y el sonido sutil de las saetas atravesando el aire resonó a su alrededor. Cada paso era una apuesta, y cada silueta en la penumbra podía albergar la amenaza mortal de una saeta envenenada.

«Mucho cuidado», advirtió Miguel, sus ojos escudriñando la oscuridad. «Estamos en el terreno de los dioses, donde la valentía se mide no solo por la fuerza, sino por la astucia.»

Natalia asintió, su mirada fija en las sombras. «Este lugar es un desafío para nuestra mente y nuestros sentidos. Debemos confiar en nuestra intuición y en la conexión con el Mictlán.»

A medida que avanzaban, las saetas cruzaban su camino de forma impredecible. Un par de ellas rozaron la ropa de Juan, pero con reflejos rápidos, logró esquivarlas. «Esto es como una danza con la muerte. Debemos estar alerta en cada paso.»

En la oscuridad, una figura se materializó. Era Xolotl, el dios que los había guiado desde el inicio de su travesía. «En este sendero, la oscuridad revela tanto como oculta. Aprendan a leer las sombras y encontrarán el camino.»

Con las palabras de Xolotl como guía, el grupo comenzó a interpretar las sombras y los patrones de las saetas. A veces se agachaban, otras veces daban pasos rápidos, evitando las saetas con destreza y agilidad.

Natalia señaló una hilera de inscripciones en la pared. «Estas inscripciones son un código. Nos indican el ritmo de las saetas. Si seguimos el patrón, podremos cruzar sin ser alcanzados.»

Siguiendo las indicaciones de Natalia, el grupo ajustó su ritmo al código en las paredes. Los sonidos de las saetas se volvieron más predecibles, y las manos invisibles que las lanzaban parecían frustradas por la astucia de los buscadores.

A mitad del sendero, se encontraron con una bifurcación. Xolotl habló nuevamente, su voz resonando en la oscuridad. «El camino correcto no siempre es el más evidente. Confíen en su intuición y en la conexión con el Mictlán.»

Guiados por la sabiduría de Xolotl, tomaron el sendero menos transitado. Aunque las saetas seguían su curso, el grupo logró esquivarlas con confianza, mostrando que su entendimiento del Mictlán se profundizaba con cada desafío.

Finalmente, llegaron al final del Timiminaloayan, indemnes y fortalecidos por la experiencia. La oscuridad se disipó, revelando un paisaje en el que la luz resplandecía con intensidad, como si los dioses mismos estuvieran complacidos con la valentía de los buscadores.

«Superamos el sendero de las saetas», dijo Juan, su alivio palpable. «Este lugar es un constante recordatorio de que cada desafío nos acerca más a nuestro propósito.«

Natalia miró alrededor, admirando la luz que iluminaba el camino. «Cada prueba nos enseña más sobre nuestra cultura y nos fortalece en nuestra misión. Sigamos adelante con determinación.»

Miguel sonrió, satisfecho por haber superado otro desafío. «El Mictlán nos pone a prueba, pero cada prueba es una oportunidad para crecer. Estamos listos para lo que sea que nos depare el siguiente nivel.»

El grupo se adentró en la luz, dejando atrás el Timiminaloayan con la certeza de que su conexión con el Mictlán se había fortalecido. La búsqueda del artefacto sagrado continuaba, y cada desafío superado los acercaba un paso más a la verdad oculta en los nueve niveles del laberinto de los dioses.


Continuará…


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