Capítulo 15. El Desafío de los Vientos

El grupo descendió más profundamente en el Mictlán, guiados por el conocimiento adquirido en la pirámide ancestral. Se encontraron frente a una entrada adornada con símbolos que resonaban con la energía del viento. Era el acceso al Paniecatacoyan, el nivel donde los vientos del inframundo eran tan violentos que arrastraban a los muertos de un lado a otro, en un eterno vaivén.

El sonido aullante del viento anticipaba el desafío que enfrentarían. Al entrar, fueron recibidos por ráfagas poderosas que parecían tener vida propia. El viento azotaba sus cuerpos y les hacía tambalearse, pero avanzaron con determinación.

Juan ajustó su sombrero para protegerse del viento. «Este lugar es más desafiante de lo que imaginaba. Los vientos son como fuerzas invisibles que intentan desviarnos de nuestro camino.»

Natalia sostuvo firmemente sus notas contra el viento. «Los muertos deben haber enfrentado un viaje interminable en este nivel. No es de extrañar que tardaran años en llegar a su punto de salida.»

Miguel, con su experiencia, lideraba el camino. «Debemos avanzar con precaución. Las ráfagas pueden cambiar de dirección en cualquier momento. Mantengamos nuestros cuerpos bajos y nuestros pasos firmes.»

A medida que avanzaban, notaron sombras moviéndose entre las ráfagas de viento. Eran almas perdidas que, atrapadas en el vaivén eterno, buscaban ayuda para encontrar el camino hacia la salida.

Natalia se acercó a una de las sombras. «Estas almas están atrapadas en un ciclo sin fin. Debemos ayudarlas a encontrar la paz.»

Juan asintió y se unió a Natalia. Juntos, con sus conocimientos y la reliquia que llevaban consigo, intentaron comunicarse con las almas y ofrecerles orientación. Aunque el viento intentaba ahogar sus palabras, las almas parecían responder a la presencia reconfortante del grupo.

Miguel se acercó a otra sombra, cuya figura se desvanecía entre las ráfagas. «Estas almas han sufrido durante mucho tiempo. No solo enfrentan los vientos, sino también la soledad y la confusión. Debemos ser su guía.»

El grupo se embarcó en una misión dentro del viento tumultuoso, guiando a las almas perdidas hacia una ruta más segura. Cada encuentro era un acto de compasión y resistencia contra las fuerzas desgarradoras del Paniecatacoyan.

A medida que avanzaban, las ráfagas de viento se volvían más intensas, desafiándolos a cada paso. Pero el grupo perseveró, comprometido con su misión de ayudar a las almas y avanzar en su búsqueda del artefacto sagrado.

En el punto más álgido del viento, encontraron un área donde las almas parecían converger. Un remolino de energía espiritual se formaba, y en su centro, una figura oscura se materializaba.

Natalia reconoció la figura. «Es un espíritu ancestral. Algo más que las sombras del Mictlán está en juego aquí.»

El espíritu se comunicó con ellos, revelando que era el guardián del Paniecatacoyan, encargado de mantener el equilibrio entre las fuerzas de los vientos y las almas. Explicó que solo aquellos dignos y respetuosos con la herencia del Mictlán podrían avanzar.

Miguel habló con respeto. «Somos buscadores de la verdad y guardianes de nuestra cultura. Estamos aquí para proteger y preservar nuestro legado.»

El espíritu evaluó sus palabras y, al sentir la sinceridad en su compromiso, concedió su bendición. Las ráfagas de viento se aquietaron, y las almas encontraron un camino hacia la salida, liberadas del eterno vaivén.

Con el desafío superado, el grupo avanzó hacia el siguiente nivel del Mictlán, llevando consigo la lección aprendida en el Paniecatacoyan. Cada paso reforzaba su conexión con la rica herencia que defendían y los preparaba para enfrentar los misterios que aún aguardaban en este laberinto de los dioses.

Continuará...

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