Capítulo 11: El Itzehecayan

El Itzehecayan, el lugar de los vientos de obsidiana, se extendía ante el grupo como un vasto y gélido reino de hielo y nieve. Los filosísimos pedernales del Iztepetl habían desaparecido, pero en su lugar, los vientos cortantes y las ventiscas heladas eran los nuevos desafíos que debían enfrentar los viajeros en el Mictlán.

Los miembros del grupo, envueltos en sus abrigos y bufandas, avanzaban con cuidado sobre el suelo helado. Cada paso era incierto, ya que el hielo ocultaba trampas y grietas. La ventisca soplaba con furia, azotando sus rostros y dificultando su visión.

Juan, Natalia y Miguel mantenían una formación compacta mientras avanzaban. Habían aprendido que la unidad era su mayor fortaleza en el Mictlán. Los vientos de obsidiana silbaban a su alrededor, como si intentaran apartarlos de su camino, pero el grupo se mantenía firme.

A medida que avanzaban, comenzaron a notar extrañas figuras esculpidas en el hielo. Estas figuras representaban a los antiguos dioses y héroes de la mitología mexicana. Parecían observar al grupo con ojos eternos, como guardianes silenciosos de este frío reino.

Natalia, con su capacidad para descifrar misterios, observó las figuras con interés. «Estas esculturas tienen un propósito,» comentó, su aliento visible en el aire gélido. «Son más que simples decoraciones. Nos están señalando el camino.»

Miguel asintió, admirando las esculturas mientras continuaban avanzando. «Los dioses y héroes nos guían a través de este lugar inhóspito. Debemos seguir sus indicaciones.»

Juan, con una mirada determinada, agregó, «No importa cuán implacable sea este lugar. Hemos superado desafíos antes y lo haremos de nuevo. Nuestra cultura y mitología dependen de nosotros.»

A medida que avanzaban siguiendo las indicaciones de las esculturas, el frío se intensificaba. Sus ropas estaban heladas y sus extremidades entumecidas, pero el grupo no se detenía. Sabían que cada paso los acercaba más a su objetivo.

En medio de la ventisca y el frío glacial, el grupo se encontró con una formación rocosa peculiar. Parecía una especie de portal, un arco de obsidiana que se alzaba en medio de la blancura del Itzehecayan.

Natalia, con su aguda intuición, señaló el portal. «Creo que este es nuestro camino. Debemos atravesarlo.»

Miguel asintió, examinando el portal con precaución. «No tenemos otra opción. Sigamos adelante.»

Con determinación, el grupo cruzó el portal de obsidiana, sin saber lo que les esperaba al otro lado. Sabían que el Mictlán seguía siendo un lugar de desafíos y secretos, y estaban dispuestos a enfrentar lo que fuera necesario para cumplir su misión.

Del otro lado del portal, se encontraron en un lugar completamente distinto. El paisaje estaba cubierto de cálidas arenas doradas y palmeras que se mecían suavemente con la brisa. Estaban en un oasis en medio del Mictlán, un lugar de descanso en medio de la implacable travesía.

Juan, Natalia y Miguel miraron a su alrededor, sorprendidos por la belleza de este oasis en medio de la adversidad. Sabían que debían aprovechar este momento de respiro antes de enfrentar los desafíos que aún les esperaban en su búsqueda del artefacto sagrado.

Miguel se acercó a una de las palmeras y tocó la corteza con reverencia. «Es como si estuviéramos en otro mundo. Este oasis es un regalo en medio de nuestra travesía.»

Natalia asintió, sintiendo la calidez del sol en su rostro. «Debemos descansar y recargar energías. Quién sabe qué nos espera más adelante.»

Juan observó el oasis con gratitud y reflexionó, «Este lugar nos recuerda que la belleza puede encontrarse incluso en los lugares más inesperados. Pero nuestra misión no ha terminado. Sigamos adelante con determinación.»

Mientras el grupo se preparaba para descansar en este refugio temporal, sabían que debían estar alerta y listos para enfrentar los desafíos que aún les esperaban en el Mictlán. El oasis, aunque hermoso, también podía ser un lugar engañoso en este reino de los muertos.

Natalia tomó la iniciativa y comenzó a investigar el oasis en busca de pistas. Se acercó a una de las palmeras y notó inscripciones talladas en su tronco. Las inscripciones estaban en una lengua antigua, pero Natalia pudo descifrarlas. Decían: «El verdadero camino yace más allá de lo que los ojos pueden ver.»

Ella compartió su descubrimiento con el grupo, y juntos comenzaron a examinar el oasis con más atención. Se dieron cuenta de que, a pesar de su belleza, el oasis ocultaba secretos. Había un sendero que se adentraba en un denso bosque de palmeras, como si los invitara a explorar más a fondo.

Miguel reflexionó en voz alta, «Estas palabras sugieren que debemos buscar más allá de lo evidente. Tal vez hay un camino oculto que nos lleve más cerca de nuestro objetivo.»

Juan asintió, sintiendo que el oasis tenía más por revelar de lo que parecía. «Sigamos el sendero. No podemos permitirnos perder más tiempo.»

Con cautela, el grupo se adentró en el bosque de palmeras. La atmósfera se volvió más densa, y la sensación de ser observados regresó. Se preguntaron si estaban siendo guiados por algo más que las inscripciones en la palmera.

A medida que avanzaban, notaron que las palmas de las palmeras comenzaban a moverse, como si fueran las manos de guardianes ancestrales. Los vientos susurraban palabras antiguas que llenaban sus oídos con un eco misterioso.

Natalia cerró los ojos por un momento, tratando de sintonizar con la energía del lugar. «Esto es más que un oasis. Es un santuario, un lugar donde los dioses y antepasados nos guían.»

Miguel miró a su alrededor con respeto. «Entonces debemos ser cuidadosos. Cada paso que damos aquí es significativo.»

Avanzaron con reverencia, siguiendo el sendero que los llevó más profundo en el oasis. Pronto, llegaron a un claro en el bosque de palmeras donde se alzaba una antigua estructura de piedra. Parecía un templo en ruinas, cubierto de enredaderas y símbolos sagrados.

Juan se acercó al templo y notó una entrada secreta en su base. Era como si el templo los estuviera llamando. «Creo que esto es lo que estábamos buscando. Debemos entrar.»

El grupo se adentró en el templo, donde descubrieron un antiguo altar con una ofrenda de flores frescas y frutas. Alrededor del altar, las paredes estaban adornadas con relieves que contaban la historia de los dioses y héroes de la mitología mexicana.

Natalia examinó los relieves con admiración. «Estos relieves cuentan una historia, una que podría ser clave para nuestro viaje. Debemos entender lo que representan.»

Miguel miró a su alrededor con respeto. «Este lugar es un tesoro de conocimiento y sabiduría. Debemos aprender lo que podamos.»

Mientras el grupo exploraba el templo, se dieron cuenta de que estaban en un lugar especial, un sitio que les ofrecía respuestas y revelaciones sobre su búsqueda en el Mictlán. Sabían que debían prestar atención a los detalles y las pistas que les rodeaban.


Continuará…

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