Capítulo 6: El Reino de los Ahogados (Apanhuiyacan)

Juan, Miguel y Natalia emergieron del nivel de los elementos y cruzaron el umbral hacia un nuevo y enigmático nivel del Mictlán: Apanhuiyacan, el Reino de los Ahogados. En este nivel, el agua era omnipresente, fluía en ríos y arroyos que serpenteaban entre bosques sombríos y marismas misteriosas.

A medida que avanzaban, podían escuchar el sonido del agua goteando y el murmullo de corrientes subterráneas. Un aire húmedo y pesado los envolvía, mientras que la luz del sol apenas lograba filtrarse a través del follaje espeso.

El paisaje era desolador y melancólico, pero a la vez tenía una belleza sombría. Las aguas turbulentas reflejaban destellos plateados y las hojas de los árboles danzaban en respuesta a la suave brisa acuática. El ambiente resonaba con susurros inquietantes que parecían surgir de las profundidades de los ríos.

Los aventureros caminaban con precaución, sintiendo cómo el suelo se volvía más fangoso a cada paso. De repente, una figura emergió del agua y se les acercó lentamente. Era un espíritu vestido con harapos empapados, su rostro pálido y ojos cansados reflejaban la tristeza y el dolor de haber perdido la vida en un trágico ahogamiento.

«¡Bienvenidos a Apanhuiyacan, el Reino de los Ahogados!», susurró el espíritu con voz temblorosa. «Aquí, los que perecieron en las aguas encuentran descanso y una oportunidad de redención».

Intrigados y cautelosos, Juan, Miguel y Natalia se acercaron al espíritu. Querían entender mejor el propósito de este reino y cómo podrían superar los desafíos que les esperaban.

El espíritu les explicó que debían atravesar un laberinto de pantanos traicioneros y vencer a los guardianes de las aguas, criaturas que habitaban en las profundidades y eran protectoras de los secretos ancestrales con unas Macuahuitl, Atlatl, Tepoztopilli, Cuauhololli y unas Tematlatl.

Con determinación en sus ojos, los aventureros aceptaron el desafío y se adentraron en los oscuros pantanos. El fango se aferraba a sus pies, dificultando su avance, mientras que los sonidos de sus pisadas eran engullidos por el silencio siniestro que los rodeaba.

De repente, una criatura emergió de las aguas turbias. Era un espíritu marino con escamas brillantes y ojos centelleantes. Emitió un rugido amenazador y se abalanzó sobre ellos con ferocidad. Era el guardián del pantano y estaba decidido a poner a prueba su valentía y habilidades.

Juan desenvainó el Macuahuitl y se enfrentó al guardián con determinación. Miguel utilizó su destrezacon el Tepoztopilli, mientras que Natalia utilizó su astucia y agilidad para esquivar los ataques del enemigo con el Cuauhololli.

La batalla fue intensa y desafiante, pero los aventureros se mantuvieron unidos y perseveraron. Con cada golpe, el guardián se debilitaba y finalmente cayó vencido.

Al derrotar al guardián, las aguas del pantano se calmaron y el camino se despejó. Avanzaron, ahora más seguros de sí mismos y con un mayor conocimiento de los desafíos que les aguardaban.

A medida que exploraban el Reino de los Ahogados, descubrieron reliquias antiguas y tesoros ocultos bajo las aguas. Estas reliquias poseían un poder ancestral que podía utilizarse para obtener la bendición de los espíritus acuáticos y así avanzar hacia el siguiente nivel del Mictlán.

Juan, Miguel y Natalia comprendieron que en este nivel, la superación del miedo y la capacidad de adaptarse a las circunstancias eran cruciales para su éxito. Cada vez que superaban un desafío, ganaban el respeto y la confianza de los espíritus acuáticos, quienes les otorgaban nuevas habilidades y conocimientos.

A medida que se adentraban en el corazón de Apanhuiyacan, los aventureros se encontraron con una figura majestuosa. Era Tlaloc, el dios de las aguas y la lluvia, quien los observaba con ojos penetrantes. «Habéis demostrado vuestra valentía y determinación al superar los obstáculos de los ahogados», declaró con una voz profunda y resonante. «Pero aún hay más desafíos por enfrentar antes de que podáis avanzar hacia el siguiente nivel».

Con estas palabras, Tlaloc los guió hacia la siguiente prueba, prometiéndoles una recompensa invaluable si demostraban su valía una vez más.

Juan, Miguel y Natalia, imbuidos de coraje y determinación, continuaron su travesía por el Reino de los Ahogados, sin saber qué les esperaba en el siguiente desafío que los aguardaba.

Mientras Juan, Miguel y Natalia avanzaban por el tercer nivel del Mictlán, el nivel de los ahogados, se encontraron con un paisaje inquietante y misterioso. El aire estaba cargado de humedad y una bruma espesa cubría el entorno. El sonido del agua corriente y los susurros del viento llenaban el lugar, creando una atmósfera lúgubre.

A medida que exploraban el nivel de los ahogados, descubrieron un laberinto de canales y lagos oscuros que se extendían frente a ellos. Las aguas parecían moverse de manera inquietante, como si ocultaran secretos y peligros bajo su superficie. Era un lugar desafiante y peligroso, donde los ahogados encontraban su descanso final.

Juan, Miguel y Natalia se vieron obligados a cruzar estrechos puentes de madera que se tambaleaban sobre las aguas turbulentas. Cada paso era una prueba de equilibrio y valentía, ya que un solo resbalón podría llevarlos a un destino oscuro. El sonido de los susurros se intensificaba a medida que avanzaban, como si las voces de los ahogados resonaran en sus oídos.

En medio del laberinto acuático, descubrieron una pequeña isla cubierta de vegetación exuberante. En el centro de la isla, se alzaba una antigua estatua de piedra que representaba a Tlaloc, el dios de la lluvia y el agua. La estatua parecía estar vigilando el entorno con ojos penetrantes y una sonrisa enigmática.

Mientras observaban la estatua, una niebla se alzó lentamente desde el agua circundante. La niebla tomó forma y se convirtió en las figuras fantasmales de los ahogados, que emergieron del agua y rodearon a los aventureros. Estos espíritus, atrapados entre la vida y la muerte, buscaban redención y liberación.

Uno de los espíritus, un joven de cabellos oscuros con ojos tristes, se acercó a Juan, Miguel y Natalia. «Somos los ahogados, condenados a vagar en este reino acuático. Anhelamos encontrar la paz y liberar nuestras almas», dijo con una voz melancólica.

Los aventureros se compadecieron de los espíritus y prometieron ayudarlos en su búsqueda de redención. Guiados por los ahogados, exploraron cuevas y pasajes subterráneos ocultos bajo el agua. Enfrentaron desafíos que pusieron a prueba su coraje y resistencia, mientras los espíritus los protegían de los peligros que acechaban en las profundidades.

Finalmente, llegaron a un santuario sagrado de Tlaloc. Allí, realizaron un ritual de purificación y ofrecieron oraciones en honor a los ahogados. Las aguas se calmaron y los espíritus encontraron la paz que tanto ansiaban. En gratitud, los ahogados otorgaron a Juan, Miguel y Natalia una bendición especial para su travesía.

Con el corazón lleno de gratitud y esperanza, los aventureros continuaron su camino, dejando atrás el nivel de los ahogados. Sin embargo, los ecos de los susurros y las historias de los ahogados resonaban en sus mentes, recordándoles la importancia de valorar la vida y la necesidad de enfrentar los desafíos con coraje y determinación.

Así, con sus espíritus renovados, Juan, Miguel y Natalia se prepararon para adentrarse en el siguiente nivel del Mictlán, sin saber qué peligros y maravillas les esperaban más allá.

Continuará…


Continuará…

Grupo Editorial Phonix Diurna | Editorial Liberum Imperivm

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