Capítulo 4: Mictlanapa

Después de interactuar con Quetzalcoatl; Juan, Miguel y Natalia siguieron su camino a un profundo y oscuro lugar, entrecejo y cejo miraban abrumadamente el lugar, el aroma a copal comenzaba a aumentar cada paso que daban y cuando decidían regresar las paredes de atrás se iban acercando cada vez más y más al grupo.

Al final de ese camino llegaron a una pared sin salida, asustados comenzaban a buscar una solución para salvarse del aplastante momento de las paredes de atrás que se iban acercando cada vez más hacia ellos; Juan dió un paso falso y de bajo de ellos se abrió un oyanco que los consumió a los tres cayendo a un crujiente suelo.

El aire en ese extraño lugar del Mictlán era denso y frío, envuelto en una misteriosa neblina que ocultaba los caminos que Juan, Miguel y Natalia debían seguir. El suelo bajo sus pies crujía levemente, recordándoles que estaban pisando el reino de los muertos.

Mientras avanzaban con cautela, se encontraron con un río de aguas cristalinas que atravesaba el camino principal. Las almas de los difuntos se sumergían en ese río para someterse a un rito de purificación antes de poder avanzar a los niveles superiores del Mictlán.

Juan, Miguel y Natalia se detuvieron junto al río, observando con respeto las figuras etéreas que se sumergían en sus aguas. Las voces susurrantes de los muertos llenaban el aire, transmitiendo un sentimiento de paz y serenidad.

En ese momento, una figura sombría emergió de entre los árboles cercanos. Era Xolotl, el guardián del inframundo y compañero de Quetzalcoatl. Sus ojos brillaban con una luz ambarina y una sonrisa enigmática se dibujaba en su rostro.

«Bienvenidos al Mictlanapa, el nivel de purificación y transición«, dijo Xolotl en tono sereno. «Los muertos deben purificarse en el río para continuar su viaje hacia la eternidad. Pero ustedes, como vivos, tienen una tarea diferente por delante».

Juan, Miguel y Natalia se acercaron a Xolotl, intrigados por sus palabras. Xolotl continuó: «Deben encontrar y recoger los símbolos sagrados de los difuntos que han perdido su camino en el inframundo. Solo así podrán abrir el camino hacia el siguiente nivel».

Con determinación en sus ojos, los tres aventureros aceptaron el desafío. Se adentraron en el misterioso bosque cercano, guiados por la intuición y el eco de las almas que buscaban ser rescatadas.

Cada paso que daban les acercaba a los símbolos perdidos. Juan encontró una máscara tallada con precisión, representando la dualidad de la vida y la muerte. Miguel descubrió un colgante de obsidiana con inscripciones antiguas que hablaban de la trascendencia del alma. Natalia recuperó una pluma de quetzal, símbolo de la conexión entre los mundos terrenal y espiritual.

Con cada hallazgo, los lazos entre los vivos y los muertos se fortalecían. Los espíritus se acercaban a ellos, agradecidos por su ayuda y liberación. La energía en el Mictlanapa parecía vibrar con renovada vida y esperanza.

Una vez que los tres aventureros habían recolectado todos los símbolos sagrados, regresaron al río. Xolotl los esperaba allí, con una expresión de aprobación en su rostro.

«Han demostrado su respeto por los difuntos y su voluntad de ayudarlos», dijo Xolotl. «El camino hacia el siguiente nivel ahora se abrirá para ustedes».

Con un movimiento de su mano, Xolotl hizo que el río se abriera en un pasaje, revelando un camino luminoso que conducía más profundo en el inframundo.

Juan, Miguel y Natalia se miraron entre sí, sabiendo que su valiente travesía apenas comenzaba. Con paso firme y corazones llenos de determinación, cruzaron el umbral y se adentraron en las sombras del siguiente nivel del Mictlán.

Juan, Miguel y Natalia avanzaron por el camino luminoso que se abría ante ellos. El ambiente en el primer nivel del Mictlán se volvía cada vez más opresivo, como si las almas atrapadas allí emitieran una energía densa y melancólica.

A medida que caminaban, se encontraron con un laberinto de estatuas antiguas que parecían observarlos con ojos vacíos. Cada estatua representaba a un difunto, congelado en una expresión de angustia o serenidad, capturando los momentos finales de sus vidas terrenales.

Natalia se detuvo frente a una estatua en particular, cuyos ojos parecían reflejar una tristeza profunda. Extendió su mano y acarició suavemente la fría piedra. «Estas estatuas son testigos silenciosos de las historias y emociones de aquellos que han pasado por aquí», murmuró con voz cargada de emoción.

Miguel asintió, admirando la tenacidad de Natalia y su conexión con el inframundo. «Es como si cada paso que damos aquí nos permitiera comprender un poco más sobre la vida y la muerte», reflexionó.

Juan, sintiendo la presencia de los difuntos a su alrededor, sacó el mapa que había encontrado en el mundo de los vivos. Estudió los símbolos y las marcas en él, tratando de encontrar pistas sobre el siguiente paso en su búsqueda.

De repente, una ráfaga de viento oscuro sacudió el lugar, haciéndoles estremecer. Un coro de susurros llenó el aire, sus voces llevaban consigo historias y lamentos ancestrales. Era como si los muertos trataran de comunicarse con los vivos, buscando una conexión más allá de los límites de la muerte.

En ese momento, una figura etérea emergió de entre las sombras. Era una mujer de aspecto noble, envuelta en un manto oscuro adornado con símbolos sagrados. Era Mictecacihuatl, la Reina del Mictlán, y se les acercó con una expresión de curiosidad en su rostro.

«Ve veo que han llegado al Primer Nivel del Mictlán», dijo Mictecacihuatl con una voz que resonaba en sus mentes. «Vuestra presencia aquí es inusual, pero si habéis pasado las pruebas del Mictlanapa, merecéis continuar».

Juan, Miguel y Natalia se postraron ante la Reina del Mictlán en señal de respeto. Juan levantó la mirada y le habló con determinación: «Estamos en busca de un artefacto sagrado que podría cambiar el curso de la historia. ¿Nos ayudarías, noble reina?«

Mictecacihuatl sonrió suavemente y asintió. «Los vivos y los muertos están entrelazados en el tejido de la existencia. Si sois dignos de encontrar el artefacto, el camino se revelará ante vosotros», respondió.

Con sus palabras resonando en sus oídos, los tres aventureros continuaron su marcha por el Primer Nivel del Mictlán. Sabían que enfrentarían más pruebas y desafíos, pero también comprendieron que cada obstáculo superado los acercaba un paso más a su objetivo.

El Inframundo azteca guardaba secretos profundos y peligrosos, pero también ofrecía la oportunidad de descubrir la verdad detrás de las leyendas y mitos de los antiguos mexicanos. Y así, con valentía y esperanza, Juan, Miguel y Natalia avanzaron, preparados para enfrentar lo que el Mictlán tenía reservado para ellos.


Continuará…

Grupo Editorial Phonix Diurna | Editorial Liberum Imperivm

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